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En mis años como forense fui testigo de cosas terribles y singulares, pero ninguna como la que referiré ahora. Es remarcable el hecho de que nadie más se percatara de la peculiaridad de estos eventos.
El
pasado martes, tras mi rutinario paseo por el parque antes de tomar el café y
las noticias en la fonda de mi
hija, leí con inicial estupor en la nota
roja el asesinato de un extranjero en su propia casa, cosa que para un viejo que
ha visto tanto, resultó más común que triste.