martes, agosto 7

Mortal Eterno

1


En mis años como forense fui testigo de cosas terribles y singulares, pero ninguna como la que referiré ahora. Es remarcable el hecho de que nadie más se percatara de la peculiaridad de estos eventos.

El pasado martes, tras mi rutinario paseo por el parque antes de tomar el café y las noticias en la fonda de mi hija,  leí con inicial estupor en la nota roja el asesinato de un extranjero en su propia casa, cosa que para un viejo que ha visto tanto, resultó más común que triste.

Entreviendo apenas las primeras líneas, la crónica despertó mi interés pese a su débil prosa, en primer lugar, porque el joven de origen inglés viajó solo y el motivo de su viaje era, se informaba, desconocido.

Las circunstancias de su muerte eran por demás extrañas; su cuerpo se encontró en el baño, con un disparo a la altura de la frente y tendido frente uno de los muros que, presuntamente, la víctima había echado abajo horas antes. Junto a él, una pequeña nota: expectat vitam ad merge cum aurora.

El reporte indicaba que no había rastro de su  asesino, y que éste no robó nada. Patrick Anderson, de 36 años y que residía en el 1629 de la Colonia Ramos Millán en Iztacalco, fue encontrado por las autoridades días después de su muerte debido a las quejas de los vecinos por el nauseabundo aroma.

Las coincidencias me resultaron, por decirlo menos, escalofriantes. La nota me remitió a una noche específica del septiembre del 76, año en que me estrené como forense. El lugar del crimen, el mismo que leía hoy. Los reportes del olor a muerte había sido también la causa de que yo allí me encontrara. La noche era lúgubre y el aire estaba como si guardara luto y yo moría de nervios y pesadez.

La investigación aquella vez no demoró, la hipótesis pasó a ser suicidio rápidamente debido a la falta de evidencias que indicaran lo contrario y el caso se concluyó pronto. Dos cosas me fueron sobresalientes: El hombre, un colombiano de 65 años, fue encontrado tendido cuidadosamente en su cama con el vientre apuñalado y un revólver en la mano con el cilindro casi lleno. La segunda cosa era aún más curiosa, en el baño se encontró una inverosímil carta que intercalaba indiscriminadamente el inglés, el español y el latín, y que todos dimos por suicida y, junto a ésta, el ensangrentado cuchillo con que el tipo presuntamente se quitó la vida.   

Entusiasmado por tan increíbles coincidencias, busqué ese mismo día en mis archivero personal una copia del reporte del caso:

Javier Otárola, ex profesor en la universidad de los Andes en Bogotá, residía en México hacía no mucho. Sin esposa o hijos, su estancia en el país era un misterio. El reporte decía que el arma en su mano mostraba signos de detonación, pero no se encontraron ni huellas ni sangre, salvo las de la propia víctima. Tampoco se halló algún impacto de bala o ni siquiera un casquillo. La entrada no se forzó y la sangre del individuo escurría en uno de los muros del desmoronado baño, aunque, como dije, el hombre fue hallado en su cama.

La averiguación concluyó apuntando a que el hombre se había suicidado enterrándose en el vientre el cuchillo a la manera japonesa, debido a la culpa que sentía por algún crimen cometido usando el arma con que se le encontró. La forma en que el cuerpo terminó en su cama jamás fue determinada. 

Con mi reporte encontré también una copia de la carta original, que yo mismo (no sin esfuerzo) he traducido y dejo aquí a juicio de quien tome nota:


2

Viejo, laso, hecho trizas. Aún contemplo entre mis ojos esas líneas que en no sé dónde leí: La vida aguarda su sendero en el alba… 
Sé que nadie daría un centavo por tal ingenua línea, pero yo, movido aún por una suerte de esperanza, sigo buscando a su perdido autor. ¿Será porque encontrarlo equivaldría a encontrarme? ¿Si ese autor existe y es como yo, otro desdichado que conoce la fatiga de abandonar al mundo sólo para repetir todo hasta la locura?

Sé bien lo que pensará quien lea este diario. Pero entonces no sólo yo sabré lo que este nuevo mundo, erigido sobre rígidos pilares de lógica y razón, esconde. 
Somos partículas y nada más, hechas de más minúsculas partículas —¿qué no nos contaría una sola, que habita el cosmos desde que es el cosmos?— contemplando el sueño que es su infinita existencia.

Y de esas partículas yo vengo. Yo, acaso el más irrepetible. Yo que no soy capaz de explicar qué es lo que soy pero sí lo que será de mí. Algún día mi nación será otra y quien la gobierne a ésta; su idioma y sus dioses y sus fantasmas. Y mi oficio, y el nombre con que me llamen y hasta mi rostro serán algo nuevo, pero no mi alma, esta misma, la que escribe.
No sé si soy un monstruo —hay algo monstruoso en mí, pero lo hay en todos—. Tampoco conozco el porqué de mí, o mi origen o si tendré un final. Conmigo la ley no es estricta o no la entiendo. ¿Soy una mera anomalía? 
He vuelto, con nuevo aliento, en los blancos bosques que reinaba con insaciable sed de sangre y vísceras el rey Suggurd; He vuelto en las nevadas y asfixiantes cumbres de los discípulos de Gautama; en las planicies verdes de los infinitos hijos nómadas de Khan. Del mismo modo he vuelto en alguna nueva ciudad moderna y libre o en algún punto indefinido de esa tierra árida de llanuras despiadadas y bestias carnívoras que alguna vez fue la cuna del hombre. 
Esquivo y desmotivado, he dedicado en lo posible en cuerpos pasados a encontrar a algún igual, y en ese afán he estudiado hasta el hartazgo los relatos de inmortales. De nada me ha servido, todo apunta a que me encuentro solo y que no soy uno de ellos —pues los inmortales no vuelven sino permanecen, y ya sea enfermos, asesinados, caídos por la hambruna y en menor medida por vejez (los suicidios no los cuento), incontables cuerpos narran la historia de esta misma alma que es la mía bajo cientos de criptas dispersas y olvidadas—.
Hoy moriré de nuevo, eso es seguro, y antes lloraré otra vez la inevitable pérdida de la historia que este cuerpo cuenta. Lloraré por los todos amores que con él morirán. Y será mi ir y venir entre los muertos acaso un capricho del destino, pero hoy mi capricho es preservar mi alma entre estos muros, aunque sea tan sólo como un fantasma o un sueño para aquel que encuentre en estas líneas verdad.

Una cosa más. De entre mis rastros más antiguos —tesoros que por costumbre o instinto aprendí a ocultar bajo una insignia que sólo yo entiendo—, casi no reconozco nada, quizá se deberá a mi indisciplinada forma de almacenar recuerdos, pero algunas líneas me son particulares. En alguna vida ideé una  «fragmento del texto incomprensible». No poseo los documentos completos, el tiempo arrasó con demasiado, tampoco soy capaz de recordar mis actos.
 Guardo también antiguos textos e inscripciones que no llevan mi insignia, pero tienen algo que los  asemeja, como su edad y el hecho de que estén escritos en dialectos ajenos a su tiempo. El autor, o los autores, parecen al igual que yo, flagelados por una anomalía en el tiempo.
Algunos versos están escritos en lenguas que ni yo conozco, otros pocos los he transcrito: 
“…Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold (…) En el séptimo siglo de la Hégira, en el arrabal de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de Bronce. (…) En 1638 estuve en Kolozvár y después en Leipzig. En Abendeen, en 1714…” 
"...La verdad es que no disfruté esta vida. Ni ésta ni las anteriores  —Tal vez la primera sí…—" 
 “…Athlea, de bonita apariencia y brillante como eran las mujeres en los últimos días de las colonias griegas. Ella y su esposo eran conocidos míos. (…) Él estaba calvo y  gordo, y ella le había dado doce hijos y el mayor de ellos peinaba canas, pero Athlea parecía una doncella en primavera. (…) Los romanos capturaron la ciudad. (…) Quizá la tomaron como esclava…"

3

La última hoja del texto me es tan indescifrable como los hechos en sí mismos. El reporte original se encuentra en los archivos forenses del Ministerio Público 18a en Iztacalco, sin el arma del crimen, según he verificado. 


Ciudad de México, 2012

4 comentarios:

  1. Un intro músical llamado "PERK WALK" algo tranquilo, la verdad empeze a escucharlo quería experimentar una sensación música/palabras y lo logre.

    Sabes me sentí como si fuera el detective pero ala vez el asesino...paso por mi mente que él podría ser el asesino, solo una parte me hizo sentir eso..pero me di cuenta que quizás hay muchas cosas en común. Aveces los que vemos los pequeños detalles...somos más fáciles de percibir las cosas. Muy buena historia, el contenido es altamente misterioso y perfectamente gramatical (espero que este utilizando bien la palabra...) pero, bravo.

    Cuando el capitulo 3..???
    ATTE:ALTAIR "EdKiller"

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    1. No habrá capítulo 3. Checa bien esos "pequeños detalles" y entenderás por qué :)

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  2. Querido Chriss, en primer lugar quiero agradecerte que te hayas tomado tiempo para leer “Misma fecha, distinto tiempo” y por tu comentario, déjame decirte que también disfruto de compartir el presente contigo.
    Me he tomado un tiempo para leer MORTAL ETERNO, y lo he deleitado, primero porque en la inmediatez en la que nos sumergieron, encontrar un post decididamente narrativo, de una extensión poco habitual, es una invitación, al menos para mí, a dejar la superficialidad.
    Y vaya si leyéndolo no me has hecho entrar en la profundidad, en la circularidad existencialista y en la remisión al mundo borgeano, al punto donde se encuentran todos los puntos.
    Maravilloso! Me encantaría, algún día, que escribamos algo juntos.
    Un abrazo amigo. Que estés bien.

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    1. Hola Qtta, disculpa que hasta ahorita te responda, he andado bien ocupadote y ni tiempo he tenido de pasar por acá. Gracias por tomarte el tiempo y que bueno que te gustara. Sí que buena idea, a ver si nos ponemos de acuerdo para escribir algo, tú dime :)

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